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Orión, nuestro perro. |
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Es una setter joven, algo flaca y con un corte en la cabeza; debe llevar días vagando por ahí. A primeros de octubre se la llevará la
perrera, si antes no revienta bajo un tren. En noviembre será una Como otros perros -otros años- solo aceptará comida y agua porque, ¿sabe usted? yo tengo unos amos que deben estar buscándome. Rechazará, incluso, las insinuaciones del chucho de plantilla -polvo tiés, pelirroja- no vaya a ser que la encuentren en plena faena. Así que, le palmeas el lomo y evitas contarle que sus amos hace días que se amontonan en un apartamento de Torrevieja, cocidos de sol y sangría, -mala salmonela les dé-. Que si alguien la echa de menos quizá sea el crío; no quieres creer que sea tan joputa como el padre. Que tal vez la madre sienta remordimientos pero, ¡que cojones!, era la perra o la abuela, y ésta, cobra una pensión. Y mientras ella olisquea el viento, tú recuerdas aquella noche, aquella carrera hacia el veterinario. Los cinco, seis análisis a cada cual con peor resultado. El médico que no sabe cómo entrarte, cómo decirte... Y entre rodeos y tecnicismos entiendes que tu viejo amigo reventará de dolor en unas horas; que debes pensar en dormirlo. Por si no hemos entendido el eufemismo, nos deja solos durante cinco minutos, para que lo pensemos. Doce años, cinco minutos. Miras las vitrinas, el instrumental, los carteles... Todo con tal de que no se crucen vuestras miradas. Vuelve el médico y asientes. Le inyectan mientras le rascas entre las orejotas. La anestesia es muy rápida. En treinta segundos ha pasado el dolor; aliviado, suspira; mueve el rabo agradecido. Nota el sueño y se estira para dormir. Cierra los ojos. Disminuyen los latidos. Nada. Arreglas el papeleo rápidamente. No estás muy seguro de aguantar el tipo un minuto mas. Si empiezas a soltar el moco, no faltará el imbecil que te suelte aquello de que sólo era un perro, o el filántropo que te hablará de los niños, el hambre o las ballenas. Como si uno pudiese elegir qué le va a doler y cuánto. Das las gracias por todo y te vas. Fuera, amanece.
Sí, recuerdas todo esto. Y piensas que, si hubiese justicia, los amos de esa perra también deberían constar en una estadística: la
de aquellos que no vuelven de vacaciones, rotos en la carretera. Por compensar, digo. |