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Complicar lo simple... 

¿Y qué decir 
de la luna 
que otros miles 
no hayan dicho? 
que la confundí 
en su génesis 
pensando: 
¿qué extraña construcción 
de semicírculo encarnado 
roba formas 
a la isla? 
qué querría 
agarrarla con la manos 
clavarla en su azogue 
tiznarme el rostro 
meterla en mi pecho 
para zambullirnos desnudas 
en este río marrón 
que me empuja 
siempre 
ganas de todo, 
me susurra en gritos 
vehemencias 
y no me suelta 
luna roja 
(¿dónde diablos perdiste tu plata?) 
río marrón 
(¿por qué no envejeces?) 
espías ladinos 
me persiguen 
conjuran lo que no puedo darles 
embriagan mi tranquilidad 
y saben 
que despierto de noche, húmeda candela 
que no puedo camuflar mi piel con soles 
que mi cabello recupera el azabache de mis ojos 
que las embelesadas imágenes y las palabras pintadas, 
son actos fallidos 
de poesías cobardes 
que se traducen así: 
"arráncame la ropa 
déjame en piel de luna 
álzame en tus brazos de hombre 
espejea tu mirada 
en la mía, nocturna 
de río 
y hazme el amor" 
ahora sabes por qué 
se ríen 
mi plata luna y su río marrón.


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XLII 

De atropellarte 
una tormenta... 
¿Te sujetarías del viento? 
Lo sé, amor 
vos sí... 
¿Cómo rescatarme, si no? 


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Sensualidad...
[Fragmento de la novela Esencias primigenias]

Orillo las mansas aguas de tu mente. Son frondosas y calmas. Haces plateados dibujando senderos en un azul nocturno. Me siento, medio de costado, apoyada sobre una mano. Con la otra diseño mimos con mis dedos. Sin rozar esa marea, puedo sentir tu seducción. Los detengo y dejo sólo uno, el mayor. Lo introduzco y lo alzo llevando una gota. Mi boca se abre apenas y la chupo, succionándola varias veces. Esas entradas y salidas quiebran tu mansedumbre. Circundo mis labios y asomo mi lengua, apenas. La acaricio en suavidades y la desprendo. Te devuelvo tu gota, dejándola caer. Se hunde y se devora. 

Reinicio pequeños surcos, con la yema del dedo insolente. Lo introduzco de nuevo y desprendo otra gota, más densa, más golosa, más grande en azul violáceo. Asomo nuevamente la lengua, la saboreo y dejo que se escurra en ella. Le permito que resbale y caiga. Se vicia entre mis pechos pero continúa desesperada hasta encontrar mi humedad. Mojada se candela hasta ser bruma. 

"Agradable, casi rozando un cierto goce", me reconozco.

Las aguas son púrpuras libertinas cuando reflejo mis pechos. Los acerco. Mis pezones te ordenan que los bebas. Bulle el perdido remanso. Sonrío. Relamo mis labios y continúo acercándolos. Ya casi llego.

Ni sabés lo que sucede, cuando mi mano entra y de un tirón, te desentierra el corazón. Late en temblores, tímidos y sucios, aferrándose en mis dedos. Le sostengo un tiempo la mirada, hurgando tus miedos y arranco con mis dientes el primer pedazo.

"Es dulce", pienso, como ya suponía. Dulzón de mentiras y engaños. El fraude es dulce, ahora lo confirmo. Trituro despacio, bien lento, desgarrando cada regalo, disfraz o quimera ofrecida. Cansada del mismo sabor. Lo escupo. En dos trozos más, termino asqueada de lanzarlo todo. Sólo tres míseros pedazos.

"He destrozado corazones más interesantes que este", me respondo. 

Me arrimo nuevamente a las aguas espejadas de nívea muerte y te susurro: "Debiste escuchar... sí es posible morir de amor. Te advertí, no toleraría otro simulado. Nunca debiste enojarme. Nunca."

Me levanto lentamente. Los pedazos deglutidos se enroscan en lloriqueos, pidiendo clemencia o tal vez una tardía disculpa. Difícil comprender esos gemidos hablantes, además tampoco me esfuerzo. No provocan ni siquiera el interés de mi curiosidad. Las voces de la tormenta me llaman cada vez más nítidas. Medito: "Tal vez debería pisarlos y terminar", pero me doy cuenta de que son repulsivos y nauseabundos. Desvestidos de falacias, su piel es pura inmundicia. Intentan angustiosamente unirse. No me molesto y los dejo retorciéndose.

Sé que en pocos momentos no quedará nada. Mi tormenta me aguarda. Hambrientas marismas de nubosa lava se desordenan para atrapar mis sentidos. Camino tranquila, segura y deseosa, hacia ella.


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