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¿Qué sientes?


               Soy de los pocos hombres que leen los manuales de instrucciones antes de conectar un nuevo aparato. Jamás pongo a funcionar nada sin tragarme antes tomo y medio de una jerga incomprensible. Incluso para insertar dos pilas he de mirar el gráfico adjunto. De ahí mi desolación de aquel día.                

El paquete

              Casi un cuarto de hora le costó al ginecólogo convencerme de que mi hijo había llegado al mundo sin manual de instrucciones. Superé a duras penas un ataque de ansiedad y le di la noticia a mi mujer. Para mí que ya sospechaba algo. Terminó de reírse, volvieron a coserle los puntos y me habló de su plan. Tres meses después me arrastró a la Escuela de Padres. 


               "Escuela" es un término que emplean para no espantar a incautos como yo. Nada de pupitres, nada de tarima, nada de pizarra. En una sala vacía, veinticuatro sillas colocadas en círculo rodeaban a una psicóloga. Sentí el impulso de dar media vuelta y salir a escape. No hacerlo fue mi primer error. No tengo nada en contra de esos profesionales; son como los abogados y los que van detrás de la cabalgata recogiendo la mierda: alguien tiene que hacerlo. 

               Cuando llegaron todos -doce matrimonios- acomodó la terapeuta a sus cobayas procurando separar a las parejas. Yo estaba lleno de aprensiones, y mi mujer, al otro extremo del círculo, parecía encantada con el juego. Murphy tiene razón, y si algo puede salir mal, saldrá mal y en la peor secuencia posible. Me tocó hablar el primero. 

              Semi incorporarse en la silla y agitar un brazo mientras se masculla un "hola", no era, ni aproximadamente, la idea que la psicóloga tenía de una presentación. ¡No, que va! Había que plantarse allí en medio y empezar a largar. Tampoco "Luis, 35, administrativo" pareció impresionarla mucho. Miss Freud quería detalles íntimos y los quería abundantes. 

Yo

Aquí, mi señora... 

... y yo

 De reojo, vi cómo mi mujer se ponía cómoda dispuesta a disfrutar del espectáculo. Bueno, presa del pánico creo que di hasta el número de mi tarjeta de crédito (el secreto). Pero tampoco era eso. La interrogadora quería "sentimientos". Y por si no lo había entendido, lanzó la preguntita; esa que supongo les entregan el primer día de curso, junto con el diván: ¿Que sientes? 

     

              ¡Por favor!, estoy plantado en medio de desconocidos que no me quitan ojo de encima. ¡Que coño quiere que sienta! ESO, eso es lo que debí contestar. En su lugar gemí algo parecido a un ¡vaya! y luego callé. Si ella tenía su pregunta estándar yo disponía de mi respuesta-tipo. Me mandó sentar y se metió con otro. Creí que me había dejado por imposible cuando solo estaba aplazando mi ejecución. El resto de padres y madres no tuvieron problemas. Hablaron de sus sentimientos con tal soltura, que aun hoy, cuando me los encuentro por la calle, cambio de acera. Serían capaces de abrazarme. 

Otra vez yo

           
               Tuve mas suerte con el siguiente jueguecito. Esta vez sería el último en hablar, y tenía tiempo de sobra para pensar algo agradable de mi compañera de la izquierda. Porque de eso se trataba: había que elogiar a quien estuviese a tu izquierda. Muy siniestro, ¿no?

¡Desesperación!

 

                   Las mujeres, como siempre, no hallaron ninguna dificultad en esto. Repartían elogios como quien reparte cartas: tus ojos, tus manos, tu pelo, pues, ¡anda! que el tuyo...El todo a cien del piropo, parecía aquello. Los hombres, revolviéndose inquietos, decían que, bueno, la ropa, la sonrisa... Se acercaba mi turno y aún no tenía mi frase. Necesitaba decir algo que no me comprometiese y otro "vaya" no iba a colar. Así que, cuando me señaló con el dedo, puse todo el sentimiento que pude y solté: "no me parece mala persona". Una vez mas, la señorita emociones no estaba satisfecha. Con mi reserva emotiva casi agotada, encontré un "no está mal, la chica". "¿Eres capaz de decir una frase sin emplear la palabra NO?", me cortó el monstruo. No, no era capaz. Quiero decir: me resultaba imposible. Al borde de una lipotimia, me fijé en su pelo. "Tienes un peinado muy bonito”, -grité histérico ya-. Otro error. Al parecer, ese elogio era para su peluquero. Bueno, ¿y qué? Seguro que le había costado mas de mil duros. Ahora era suyo, ¿no? 
  

 

            Como en media hora de clase habíamos intimado tanto, “miss feelings” consideró que era el momento de abrazarse. Mira, no. ESO sí que no. Soy de esas personas que, en una presentación, estiran el brazo lo más posible para mantener la distancia; con las mujeres sobre todo. Pero con las muy extrovertidas (sector cariñoso), me resulta inútil. Aprovechan que te tienen bien cogido para retorcerte la mano y pegarse a ti. Y al grito de “¡un beso, bobo!”, te estampan dos. Ni contar, saben éstas.

  

La psicóloga

 

           Así que, me limité a palmear la espalda de mi compañera como si de una vieja amiga se tratase. Total, ¿por qué no? Media hora más allí y sabría hasta lo que se pone para dormir. Para mí, que la seño me tenía manía. Apartó a mi palmeada compañera y me abrazó; me atenazó, mas bien. Y, ¡como no!, preguntó: “¿qué sientes?”. "Que si me aprieta un poco mas acabaremos dándonos la espalda". Genial la frase de Groucho, ¿eh? Pues ni se inmutó. Tenía bien cogida a su presa y no pensaba soltarla así como así. 
              Dejaron de abrazarse los demás y se sentaron a mirar. Alguien debería repartir palomitas. En aquel silencio, solo roto por los hipidos de mi mujer tratando de no soltar la carcajada, aquel monstruo seguía buscando sentimientos. “¿Te sientes oprimido?” NO, ¿por qué iba a estarlo? ¿Por qué empezaba a faltarme el oxígeno? ¡Nimiedades! Pero algo debía decir si quería que aflojase. Así que, “oprimido” me pareció tan bueno como otro cualquiera, y asentí mientras boqueaba buscando aire. Luego nos dio una charla sobre el contacto humano y otras cosas igual de repugnantes. 

"Compas" de clase

Un escocés... sin hielo.

              Pero la mejor asignatura de todas, mi preferida, la que aún hoy hace que me despierte empapado en sudor, era la Expresión Corporal. Yo estaba engañado. Creí que se trataba de hablar con gestos y en eso no tengo problemas. Un buen corte de mangas no ofrece dudas sobre los sentimientos de quien lo hace; nadie lo mal interpreta. Jamás. Pero no era eso. Era... no sé lo que era. Soporté tener que bailar una danza escocesa, manos a las caderas y dando brinquitos laterales. O quizá no fuese escocesa, no sé, pero a mí me pareció una gaita. Siguiendo el ritmo, se cambiaba alocadamente de pareja, pasando de brazo en brazo. Cada vez que coincidía con mi mujer apenas tenía yo tiempo de gemir un "¡vámonos de aquí, por Dios!". "¡Ábrete!" decía ella en el siguiente cruce. Las venas, me tenía que haber abierto. En esos momentos, lo único que yo necesitaba de Escocia era un escocés; doble y sin hielo. 
              Desparramado en el suelo, aguanté que, "una amiga de toda la vida" apoyara su cabeza en mi barriga, mientras yo, a golpe de carcajada abdominal, tenía que conseguir que su cabeza subiese y bajase, subiese y bajase, subiese y... y ¡por Dios!, ni siquiera agité sus rizos. Mis "je, je" no fueron convincentes. Cuando cambiamos los papeles, ella sí que me convenció: estaba rodeado de psicópatas rebosantes de sentimientos. Con cada risotada de doña Alegre, mi cabeza rebotaba contra sus tripas provocándole mas risas aún. De ahí mi problema de cervicales y mi incapacidad de asistir a una comedia si alguien no me acuna en sus brazos. 

Ja, ja, ja

         

De nuevo, yo

                En fin, ¿para qué seguir? Hubo mas días y más clases y más bailes y más "ja, ja". El fin de curso se celebró con una fiesta e incluso se repartieron diplomas. Mi mujer salió encantada y creyendo llevar a su lado a alguien mas sociable. No le guardo rencor por meterme en aquello. Es mi amor por ella lo que hace que, cuando se golpea en una espinilla, se rompe una uña o se cae rodando por las escaleras, con el mejor de mis sentimientos le pregunte: ¿Qué sientes, cariño?.