Volver

 

       

                     

 

                 

3 PREMIO Certamen Nacional Cartas de Amor, Puertollano 2002.



                                             S.O.S. DESESPERADO POR NUESTRO MATRIMONIO

           Querido Roberto:

           Te sorprenderá recibir una carta mía y más así, con matasellos extranjero y con un sobre de tu empresa. Le pedí a tu socio que me hiciera el favor de enviarla en vuestro último viaje.

          Como sé que vives absorto en tu profesión y sólo lees las cartas de negocios, no se me ocurrió otra forma de hacerte llegar estas letras.

          Te ruego que leas estas páginas hasta el final, solo supondrán un minuto o dos como mucho de tu preciado tiempo y en ellas me refiero a un asunto muy importante, del que creo que te has olvidado hace mucho tiempo: Nuestro matrimonio. Esta carta es una llamada de auxilio, un S.O.S. desesperado para que podamos salvarlo.

         Siempre admiré tu talante emprendedor y tus ganas de triunfar, pero no fueron esas las únicas virtudes que me enamoraron perdidamente de ti. Durante muchos años he compartido tu ilusión por llegar a la cima y he celebrado contigo los triunfos que has cosechado gracias a tu brillante capacidad negociadora. He tratado siempre de ser la perfecta anfitriona y esposa en los cócteles y reuniones para que pudieses guardar una imagen pública impecable.

        Pero hoy, de pronto un terrible amargor en el alma me ha hecho ver que para construir tu exitosa carrera hemos dejado a un lado nuestra vida en común. Nos reclama el otoño de la vida y a mi soledad no le basta con esconderse mientras voy con las amigas al centro de belleza o al gimnasio. Ya no es suficiente saberme la esposa de un ejecutivo, necesito, por encima de todo, sentirme tu esposa, Roberto.

       Apenas nos vemos. ¿Es que no te das cuenta? Llegas a casa cuando ya el sueño me ha vencido por completo (quizás sea por la edad, pero la televisión y las revistas ya no tienen su efecto excitante y se han convertido en somníferos para mí), por la mañana te vas antes aún de que me haya despertado y las pocas veces que comes en casa te marchas rápidamente.

       Durante todo el día ansío que suene el móvil para escuchar tu voz unos segundos, entonces me dices que llegarás más tarde de lo previsto, que no vendrás a comer o que te ha surgido un viaje ineludible y cuando trato de entablar contigo una conversación te llaman por otra línea o llega un cliente importante y debes colgar. Entonces esas palabras que me quedaron por decirte mueren en mis labios envenenando mi pequeña ilusión.

      Me dices que vaya a verte la oficina, que si no viajas estás ahí seguro, pero todas las veces que voy a visitarte, con cualquier absurda excusa, te encuentro reunido, hablando por teléfono... Apenas tienes un segundo para mi, me canso de esperarte sentada al lado de tu despacho y me voy a pasear mi tristeza por las calles de Madrid.

      Creo que no te pido demasiado, sólo que algún día tengas dos horas libres y podamos ir al cine, caminar o simplemente estar juntos, uno al lado del otro y que me digas lo bien que me sientan las arrugas, que sigo estando guapa a pesar de las canas...

      Sé que yo no puedo ofrecerte ese negocio maravilloso por el que tanto luchas y que encumbraría a la empresa como líder del sector, pero eso no te da derecho a condenarme a esta viudedad prematura que me estás haciendo sentir, ya no tengo fuerzas para competir con tus compras y ventas, la influencia del euro en tus negocios, el comercio electrónico y todos los malditos asuntos de trabajo que tanto nos han alejado.

      Lo que sí puedo ofrecerte son mis manos, levemente envejecidas, pero llenas de esperanzas y el inmenso amor que te sigo teniendo, para llenar cada minuto de los pocos años que nos queden juntos, porque, si tu quieres, quizás no sea demasiado tarde. Ojalá con esta carta puedas entender que mi ofrenda puede ser también nuestro mejor éxito en la vida.

                                                                                                       Elisabeth Porrero Vozmediano