|
Era el quinto día consecutivo que lo veía rondando por allí. Se
trataba de un tipo joven, de unos treinta. Por la
gravedad de su rostro, por su postura, acodado en el pretil del
puente, por la mirada fija en un punto indeterminado, seguramente
más allá de las aguas que fluyen con inquebrantable mansedumbre,
no me resultó difícil suponer el motivo de su repetida presencia
en aquel lugar.
No me agradaba
verle allí tan seguido. Resolví hacer algo al respecto.
Detuve mis pasos
junto a él, pero al principio no pareció darse cuenta. Sólo al
carraspear yo quedamente, volvió sus ojos tristes hacia mí y se
quedó mirándome sin comprender muy bien por qué me había
parado precisamente a su lado.
- Bonito sitio para
tirarse - dije sin inmutarme. El tipo se sorprendió. Luego bajó
los ojos y musitó algunas palabras que no llegué a entender. -
El pozo de San Lázaro - seguí - tiene cierto atractivo, como un
algo romántico ¿verdad? Sí, en verdad es un buen sitio para
terminar con todo.
- Pero... ¿Quién es usted?
¿Por qué supone...?
- No, no, no.- Corté con un
gesto - No me vengas con vaguedades. Sé perfectamente qué estás
haciendo aquí.
- ¿Sí? ¿Y qué? ¿Acaso
cree que va a convencerme de que no lo haga? ¿Va de samaritano?
- En absoluto. Me importa un
bledo que te tires o no. Lo que me molesta es verte todos los días
ahí, dudando, al borde. Decídete ya. Te tiras o te vas con la música
a otra parte. Pero deja ya de hacerte el interesante. A la gente
que pasa no le importa si vas a lanzarte al pozo o no. Nadie va a
venir a salvarte. Estás solo, chaval.
- ¿Y usted qué sabe? ¿Acaso
conoce mis motivos?
- No con precisión, pero
seguro que anda en todo ello una mujer, o su recuerdo. ¿Ves? No
hace falta que digas nada. La expresión de tus ojos es diáfana.
¿Te gustaría contármelo?
- ¿De qué serviría? Todo
da igual ahora.
- Lo sé. He pasado por eso.
Creo que cualquier persona capaz de amar profundamente lo ha
vivido, igual que lo estás viviendo tú ahora.
- ¿De veras? Usted no sabe lo que
estoy pasando.
- No, no lo sé. Es cierto. Cada
sufrimiento es único, personal, no se parece en nada al de los
demás. Pero hay puntos comunes. ¿Podrías negar que en los últimos
días has sufrido apatía, insomnio, desgana...?
- No, no podría negarlo. Así ha
sido, en efecto.
- ¿No es verdad que, a cualquier
hora de la noche, te despiertas sobresaltado, con el corazón
galopando enloquecido, sintiendo una presencia que sabes
imposible?
- Sí. Así mismo ocurre.
- Y cuando piensas en el porvenir.
¿No es todo un infinito vacío? No hay salida, ¿verdad?
- Sí, sí. Todo es cierto, pero
deje ya de atormentarme con eso.
- ¿Yo? Eres tú mismo quién se
atormenta. Tú quién se pasa horas contemplando fotografías
marchitas o sumido en recuerdos de un tiempo irrecuperable. Tú
quién entrega su tiempo al dominio de la pena. Tú quien hunde
miserablemente la conciencia en noches de infinito alcohol. Tú
quién se estrella cada minuto contra los cristales de la brutal
realidad de una ausencia irresoluble... ¿No sería mejor terminar
ya? Di. ¿Acaso merece la pena continuar?
- No, pero... quizá... siempre hay
una pequeña esperanza.
- La esperanza es la soga de los
idiotas, muchacho. Pero no pretendo meterme en tu vida. Haz lo que
te plazca, pero deja ya de vivir ahí asomado a la baranda. No hay
pérdida de tiempo mayor.
El joven permaneció callado. Luego
me miró, como solicitando un consejo, una palabra. A cambio,
recibió tan sólo la inquebrantable quietud de mis ojos fríos.
Enrojeció levemente. Musitó una especie de disculpa. Dijo que
tenía que irse, que debía madrugar al otro día. Le vi alejarse
cabizbajo. Supe que no volvería.
Un espectador casual podría
suponer que le salvé la vida a ese joven. Nada más incierto: Su
vida nunca corrió peligro. Quizá sólo le gustaba soñarse
cayendo en picado sobre el Pozo, abandonando la escena entre vítores,
aplausos o silbidos, dejando tras de sí una estela de admiración
o lástima.
El Pozo no juzga a las personas, ni
cuestiona sus motivos o sus circunstancias. Simplemente las acoge
en sus tinieblas, en un abrazo líquido del que nadie regresa. El
Pozo tolera con paciencia las indecisiones, las idas y venidas de
estos jóvenes que no saben lo que quieren.
A mí, en cambio, me molesta que
permanezcan ahí asomados en la baranda de piedra, mirando, sin
ver, la leve corriente allá abajo. Va a hacer diez años que me
tiré, y desde entonces, qué quieren ustedes, ésta es un poco mi
casa, y no me agrada que vengan a turbar mi descanso.
Sergio
Borao Llop
Su
página
|