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En prosa

Por: Rafael Angel ©
Ven. Sentémonos al borde de esas arenas tersas,
húmedas fronteras que resguardan las palmeras,
sabias testigos de una hermosa conversación.
Hablemos de nosotros; miremos el horizonte lejano,
mas crucemos nuestras miradas acaloradas,
deseosas, que serán, de pronto, desenfrenadas.
Arropémonos con las sombras del viento,
sintamos la frescura del atardecer, que se nos viene encima,
y escuchemos el silencio que arrastran las olas
al desaparecer, después de su leve visita a las orillas
de esa playa maravillosa que nos observa impávida,
juguetona, sasonada desde los tiempos y hasta la eternidad.
Sintamos nuestros dedos arrullando nuestros cabellos,
tú en mí... yo en ti. Con tu cabeza acurrucada
sobre este pecho desnudo, ardiente, deseoso,
haciendo juego con mis pensamientos lujuriosos,
que te sienten, te observan y... te desean.
Cubre con tu falda tus piernas puestas sobre
mis piernas y deja que jueguen, frotando
piel con piel, y provocando que sus vellos
nos produzcan ese dulce escalofrío del deseo
que nos hace apretarnos más, hasta formar
casi un solo cuerpo despreocupado de visiones ajenas
y extrañas y envidiosas que nos miran; y dejemos
que las gaviotas crucen sus vuelos y se pongan
en celo a nuestra vista, para copiarlas y aletear,
como ellas, con alas invisibles, intangibles, como
de ángeles... y rocearnos con la arena de la pasión,
que va envolviendo nuestros cuerpos arropados
aun con el pudor del día claro que avanza y se va
desvaneciendo, cooperando a la llegada de las estrellas,
que serán testigos mudos del calor que genera la pasión.
Acepta la invitación, y muchos besos sellarán
la noche... hasta el alba.
Rafael Angel
2 de julio de 2002