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         Miguel Alcantud Cayuela

       Se nos murió el mar

      La siesta detenida

      El aire se ha vuelto cotidiano

 

 

 

  

 

SE NOS MURIÓ LA MAR



Se nos murió la mar
tratando de alcanzar alguna orilla,
alguna playa para dormir un beso,
alguna mano para crear un sueño útil,
un torbellino huerto indiferente,
un destino final,
un puerto amigo.

Se nos murió la mar
tratando de encontrarnos,
tu barca a la deriva
y mis velas, empapadas de orgullo
con alas de gaviota volaron a otra estela
buscando entre las lunas
el lejano cantil de tus manos.

Y yo, que me hice marinero,
soñando con las calas de tu cuerpo
tratando de vivirte te olvidé,
y miles de sirenas me envolvieron mágicas,
desnudas de sentidos,
cubiertas de lujurias cotidianas,
de días febriles y noches de azul intenso…
y me dejé llevar
por una interminable letanía de gozos,
de dulces paladares,
de besos nacarados,
de breves madrugadas,
de cuerpos de cristal opacamente falsos,
de palabras de amor,
de cálidos regazos de papel.

Hoy volví a mi barca
tratando de llegar hasta tu orilla…
el viento se hizo luna,
el agua,
volaba hacia otros llantos
y el aire,
bailaba otras arenas.

Se nos murió la mar
sentados en el tiempo.


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LA SIESTA DETENIDA


Te ocultan las nubes ausentes
y, sin embargo, luces
como el intermedio dulce del alba
que respira pausado,
indolente.

Te duermes en el cálido aire
del verano que sestea mi deseo
y cubre de escarcha salina
mi piel de avellano.

Te siento deslizada entre los rasos,
insolentemente viva, pecaminosa,
suavemente viajera
entre la penumbra,
prisionera en los muros de mi carne,
abiertamente oculta
entre los lánguidos párpados
que cierran los senderos 
de esta tarde de Julio detenida.

Te miro,
y ni siquiera el instinto molesta,
ni la brisa que baila los vellos de tu sexo,
ni el suave murmullo de las cigarras.

Ni el humo que fluye de mis labios se alborota…

Sobre tus senos,
entre tu boca húmeda,
por los cálidos caminos de tus piernas
se ha detenido el verano principiante.

Cuántos instantes fundidos
en la eterna variedad de tu desnudo,
cuánta belleza es posible
en un silencio de tarde moribunda…

Cuánto dormido pecado
esconde un párpado abierto.

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EL AIRE SE HA VUELTO COTIDIANO


Como la luz que agota las renuncias,
con el ánimo audaz
envuelto en los silencios de mi grito
te recuerdo,
suave como las palabras,
como los miedos pausados que me anuncian,
como las albas rotas,
desarboladamente tenues,
como las madrugadas azules
de tu boca temprana,
entre las voces de raso…
te recuerdo.

Y te amamanto en mis venas
como la vida que acusa,
que azota las penumbras de sentimiento
y llena los espejos de palabras,
y guarda los olvidos
en los caminos del alma.

Que inmensamente lejos quedaron
los pasos perdidos de tu mirada acuarela,
el sedoso sendero de tu boca oculta,
el sonido del agua sobre tu cabello,
el alba resumida entre tus dedos de niña,
el universo condensado de tus senos,
el altivo desafío de tus pezones,
el pecado irredento de tus piernas
y el manantial oculto que sació
mi insaciable boca adolescente.

Como la luz que baña tu silencio,
dormida en la penumbra de la alcoba
te grita mi agonía,
que aún tenemos vida por delante,
levántate y derriba las murallas,
que el aire se ha vuelto cotidiano,
y el deseo,
y el tiempo, 
y tu,
y yo.


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