Volver

 

  Tú me levantas, tierra de Castilla,
en la rugosa palma de tu mano,
al cielo que te enciende y te refresca,
         al cielo, tu amo,

Miguel de Unamuno 

 

 

 

 

 

                     Jesús Herrera     

        Quisiera ser...

       Gigantes manchegos

     El tren de la vida

 

 

 

 

 

 

 

 QUISIERA SER...


P O E T A
Quisiera ser ese genial poeta
para captar la esencia de las cosas.
Con las aladas almas de las rosas
vagar mi mente en libertad completa.

A un olmo seco hacerle una cuarteta,
escribir de un ciprés las bellas glosas,
relatar mil historias portentosas
y verter la emoción de una saeta.

Volver con las oscuras golondrinas,
a cualquier hoja seca haber cantado,
evocar con nostalgia las encinas,

suspirar por un arpa arrinconado,
decir piropos a una triste higuera
y después de morir ser recordado.


P A Y A S O
Quisiera ser también un gran payaso
para reírme de las cosas serias
y tristeza sentir por las miserias
de esas gentes a quien nadie hace caso. 

Con unos zapatones no dar paso,
que una silla me sirva de trapecio,
pequeño de estatura, flaco, recio,
serio, mudo o de bigote... escaso.

Una chaqueta a cuadros, remendada,
un sombrero de hongo, una chistera,
calva de goma y sonrisa pintada.

Esconder una lágrima sincera,
¡provocarles la enorme carcajada!
Llorar por dentro y reír por fuera. 

P I N T O R
¿Y pintor? Ser pintor también quisiera
por retratar las cosas que uno siente;
esa impresión que flota en el ambiente,
una febril visión o una quimera.

Quiero ser un pintor de dentro afuera
aunque no me comprenda cierta gente;
al pintar con el alma no se miente,
se expresa siempre la intención sincera.

Tertulias de café, nobles entierros;
reyes, batallas, mujeres morenas,
cristos, bufones, palomas y perros.

Damas desnudas, sílfides, sirenas,
árboles, nubes, llanuras y cerros.
Crueles diablos y vírgenes buenas.

* * *

¿Qué más quisiera ser? Ya me conformo 
con ser un poquitín de cada cosa:
un poco de pintor, algo payaso,
sentir en verso y escribir en prosa.

Lo demás de este mundo no lo anhelo
aunque sea bello lo que no se tiene.
Del pasar por la vida sólo queda
lo que se escribe, se pinta y se siente.



Volver



GIGANTES MANCHEGOS 


Molinos de mi tierra de cierto parecido
con míticos gigantes, según un tal Quijano;
vigías del otero, guardianes del secano,
por vuestra historia quedan recuerdos de un olvido

de las manchegas bregas, que el tiempo no ha podido
borrar viejos ingenios donde moler su grano;
amigos entrañables del cierzo y del solano,
rivales por la fuerza de un soñador vencido.

Cuando pasáis deprisa por el pasar moderno
de mi visión, comprendo que vais en mi memoria,
pues sois la fiel estampa de lo manchego eterno

que llevo aquí muy dentro. De lo que ya es historia
contada por abuelos en las noches de invierno.
De lo que interpretamos nuestra pequeña gloria.




Eólicos atlantes del Cerro Calderico,
de Mota, de Criptana..., héroes de mil hazañas
en los llanos más llanos de todas las Españas.
¿Molinos o gigantes...? Yo no os desmitifico.

Cuatro brazos abiertos en forma de abanico
que a un soñador le inspiran las formas más extrañas
cual fornidos guerreros de mágicas campañas,
lo que fuisteis y aún sois difícil me lo explico.

Ni los siglos os vencen, ni os rinde el aguacero,
ni os asfixian los soles que imperan en La Mancha,
ni os hirió con su lanza hidalgo caballero

que al sentirse ofendido se tomó la revancha
desoyendo consejos de su fiel escudero.
Cuando os miro triunfantes, el alma se me ensancha.




Molinos de leyenda, herencias del pasado,
famosos por ser cómplices de la mejor novela
de cuya fina crítica aun refulge la estela
del genio de Cervantes, escritor y soldado.

Del genio de Cervantes la musa se ha quedado
enganchada en el aspa, colgada en una vela
de un molino manchego como fiel centinela.
¿Nada fue lo vivido? ¿Todo fue imaginado?

Ahora que todos buscan emblemas y banderas
para diferenciarse de otra autonomía
en Castilla-La Mancha la efigie más certera,

la que mejor que nada yo siempre escogería
para llevar muy dentro, detrás de la cartera,
¡un molino de viento de esta gran tierra mía!

Volver



EL TREN DE LA VIDA


Infancia. Primavera. Retoño de la vida,
las verdes esperanzas, los más azules cielos,
los cuidos maternales de mimos y desvelos,
el cálido regazo, la patria más querida,

-¡Yo quiero ser cigarra! ¡No quiero ser hormiga!
Los juegos y la escuela, cromos y caramelos.
Las flores que se abren, esos primeros vuelos...
torpes primeros pasos; la primera salida.

Amigos para siempre, perfumes imborrables.
¿Dónde estarán mis libros, mi pluma, mi pelota?
¿Y mis primeros versos al dorso de un cuaderno?

Mañanas soleadas, doradas, memorables,
una abeja que liba, un manantial que brota
y un recuerdo florido con vocación de eterno.



Verano. Vacaciones. Maduran los frutales;
despiertan los sentidos al sol del mediodía
y la cigüeña vuela al nido que solía.
De verdes a dorados se tiñen los trigales,

las ninfas de las fuentes juegan con los cristales
del agua y sus destellos son soles de alegría.
Las bochornosas noches, los prolongados días,
los estrellados cielos, efluvios de jarales...

Los cantos de cigarra en calurosas siestas,
los juegos de los niños detrás de una cancela;
florecen las muchachas, despiertan los amores

que surgen de las bodas, los juegos y las fiestas.
En un baúl perdidas las fotos de la abuela
de cuando en otros tiempos derramaba fulgores.



Amarillos de otoño. El cielo ceniciento
pregona una llovizna. Una tardía rosa
en el rosal se mece y una hormiga afanosa
regresa con la carga a su oscuro aposento.

El olmo de mi calle se ha puesto amarillento
y vuelve a desnudarse en la tarde ventosa;
en un rincón se ha muerto la bella mariposa
y al amor de la lumbre se cuenta un viejo cuento.

Regresan los pastores con sus grandes rebaños;
de la bodega salen aromas de los mostos;
ocres, pardos, se han vuelto los recuerdos de antaño;

bajan los aguaceros por senderos angostos
y Ceres se ha dormido igual que cada año
y sueña dulcemente con lejanos agostos.



Ha llegado el invierno, la nieve lo pregona;
blanco pañuelo cubre la cúspide morada
de la lejana sierra. Se escucha la balada
que el hambriento rebaño triste lamento entona.

Aves invernadoras sus nidos abandonan
y engrosan armoniosas la innumera bandada,
su flecha al sur apunta al fin de la jornada;
y un gris a mi cabeza le pinta una corona.

A lo lejos se escucha que un tren silbando viene,
yo estoy aquí esperando en un banco sentado
de la cuarta estación. Dispuesto, preparado,

ligero de equipaje ya nada me retiene,
ya nada obstaculiza mi último viaje
en el último tren. Es todo mi bagaje.

___________
Febrero 2001


 

Su página didáctica:

http://www.lapoesia.es.mn/