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El Bautismo Por Ramón María
La acción se
desarrolla en Avellaneda, lugar pegado a Buenos Aires en un barrio
humilde situado entre dos estadios de fútbol, el del Rojo y el de la
Academia Don Miguel está contento, se mira al espejo, torpemente se arregla la corbata, se ve importante con la corbata, esa corbata que usó tan pocas veces, una sombra de tristeza obscurece su rostro, la memoria de Rosalía, la esposa, lástima que la vieja ya no esté, como le hubiera gustado vivir este momento, el bautismo del nieto, de ese nieto que ella tanto quería y que no llego a conocer, pero Rosalía ya no está, siempre había pensado que él sería el primero en irse, pero le tocó a ella y desde entonces vive necesitándola y extrañándola. Desde la calle llega el rumor de la gente yendo a la cancha, hoy Miguel no podrá escuchar el partido, justo hoy es el clásico y justo a la hora del bautismo, ¿quedará mal ir a la iglesia con la radio?, Vamos Miguel, dejate de pavadas, bueno pavada no, si juega la Academia no es ninguna pavada, hace cuatro años que Don Miguel no va a la cancha, pero siempre sigue por radio la campaña de la Academia, si no va es por eso de la violencia, antes todo era distinto, se iba a la cancha a disfrutar o a sufrir el partido pero nada más, ahora todo cambió, se va a la cancha a apoyar a un equipo y a putear al otro, como está la educación piensa Don Miguel, todo esto es cuestión de educación, antes por ejemplo El Rojo era el equipo para jugar el clásico del barrio, ahora es un enemigo a muerte, antes su deseo cada Domingo, era que ganara la Academia ahora Miguelito, su hijo, cada Domingo quiere que gane la Academia y que pierdan los Rojos, sino la fiesta no esta completa, todo este odio no le gusta a Don Miguel, el tío Vicente que fue la mejor persona que conoció en su vida era del Rojo, por eso, ¿Cómo va a odiarlos?, además todo este lío de la violencia lo pone nervioso, vivir cerca de la cancha cada vez es más peligroso, esta es la causa principal por la cual él no va a ver los partidos, además, desde que no está Rosalía no siente ganas de salir, en la pieza se siente más cerca de ella, por eso escucha los partidos por la radio, la radio se ha convertido en su compañía, no tiene con quien charlar pero sí a quien escuchar, la radio es su distracción, la radio y una copita de ginebra después de cada partido, para festejar si la Academia gana o para ahogar la pena sí pierde. La imagen de Resalía vuelve a su mente y los pensamientos lo llevan a otro bautismo, el bautismo de Miguelito, había sido todo tan lindo, el nene, hermoso, con la ropita blanca y debajo la camisetita de la Academia, La Academia recuerda Don Miguel con orgullo, aquello había estado tan lindo, habían venido un montón de parientes a la fiesta, entre los vecinos y los parientes el patio reventaba, Rosalía como siempre se lució, cuántas cosas ricas que hizo, hizo los crustuli aquellos que le había enseñado a hacer la nona, parece que fue ayer y hoy es el bautismo del hijo de Miguelito, como pasa el tiempo, como pasa. Sale a la calle y ve la gente yendo a la cancha, el estadio queda ahí nomás, hasta se puede sentir el humo y el olor de los chorizos. Se cruza con un vecino que le grita: - ¿Ya vas a la cancha Miguel? - Ma que cancha, voy al bautismo de mi nieto, responde, - Así que un nietito, te felicito Miguel, seguro que ya lo hiciste de la Academia ¿No?, Mientras se separan con una sonrisa, Don Miguel murmura "Y claro que de la Academia, de quien va a ser un nieto mío, de la Academia como yo, como mi padre y como mi hijo, ¡Que grande la Academia! Cuando llega a lo del hijo, la nuera y el nieto no están. - Ya se fueron para la Iglesia papá, se fueron con mi cuñada, vamos viejo que sólo faltamos nosotros, es aquí nomás, derecho a tres cuadras. Don Miguel se sorprende, no sabía que había una iglesia nueva en el barrio, ¿Cómo puede ser que la construyeron sin que él se diera cuenta?, para aclarar esto y mientras sigue a su hijo, le pregunta ¿Es nueva la iglesia? Si responde el joven, es nueva en el barrio, luego de caminar unas cuadras llegan frente a un local y Miguelito dice, aquí es, ¿Aquí?, pregunta Don Miguel. ¿Pero cómo puede ser, acá no es la pizzería de Don Mario? Era la pizzería de Don Mario, papá, pero ahora es nuestra Iglesia, Don Miguel se queda tan helado que no sabe que decir. Nuestra iglesia murmura mientras observa que hay un grupo bastante importante de gente, pero ninguno de sus parientes, los hombres están vestidos de traje oscuro como el que lleva su hijo y las mujeres todas vestidas de blanco, como acostumbra vestir su nuera los Domingos. -¿Qué té pasa papá? -Dice Miguelito viendo que el viejo se queda parado en la puerta, vení, pasá, entrá conmigo. Es que no me dijiste que habías cambiado de religión, contesta el viejo. ¿Sabés por que no te lo dije papá? Porque tuve miedo de que por ahí te cayera mal, por eso no te lo dije, aunque a vos la religión nunca te importó mucho, no es cierto papá? Nunca te vi ir a misa, la vieja si, ella si que iba a la iglesia, pero a vos lo único que te importaba los Domingos era la Academia, ¿eh papá? y quedate tranquilo que el nene va a ser de los nuestros, debajo de la blusita blanca de la ceremonia le puse la gloriosa, y lo voy a llevar a la cancha como vos me llevabas a mí, te lo prometo, grande la Academia ¿Eh papá? Che a está hora ya habrá empezado el partido justo hoy jugamos con los Rojos, esos sucios asquerosos, ah papá, sabes que el nene además de ser de la Academia va a llevar tu nombre, hemos decidido ponerle Crístian Miguel, Miguel como vos y como yo ¿Eh papá, ¿estás contento no? Don Miguel asiente con la cabeza pero siente que entre los dos se ha quebrado algo, se ha abierto como un abismo, su hijo ya no es completamente suyo, hasta ese momento, la verdad nunca se había dado cuenta que la religión era algo tan importante, Miguelito es el de siempre, pero ya no es lo mismo. Sobre todo le duele a Don Miguel que su hijo piense que a él no le importa la religión, y sí tiene razón que él nunca iba a misa, pero Resalía fue por los dos, siempre sintió que ella iba y rezaba por todos, al ir a la iglesia lo hacia en representación de su familia, Don Miguel siempre ha sentido que se ha llevado bien con Dios, por eso Dios le dio a Resalía y un hijo que fue la alegría y el orgullo del hogar, además rezar, el siempre ha rezado, sabe sus viejas oraciones de memoria y con ellas siempre ha rogado por su familia, por Miguelito, justamente por él que ahora se le ha vendido, cuantas veces ha rezado, cuando se enfermaba, cuando tenía algún examen, cuantas veces ha rezado, y cuando se puso de novio, cuanto pidió a Dios que la muchacha le saliera buena, siempre ha rezado, lo hizo en silencio, casi siempre en la oscuridad, y nadie se enteró, porque para él rezar es algo muy intimo, algo entre Dios y él. Amargado Don Miguel sigue la ceremonia, el que parece ser el principal, bautiza al nene metiéndolo en el agua tibia de un fuentón pintado de blanco, la gente canta y salta mientras dos jóvenes de pelo largo tocan, uno el órgano, el otro la batería y el nene llora, en eso del llanto del nene este bautismo se parece al otro, Miguelito también había llorado cuando le mojaron la cabecita recuerda Don Miguel. Al finalizar el acto, mientras el hijo, la nuera y el nieto son rodeados por la concurrencia que los felicita, Don Miguel a pesar de estar rodeado de tanta gente se siente más solo que nunca, se siente como un conejo de otra cueva, por eso aprovecha la confusión y escapa hacia la calle como a escondidas, esto lo hace sentir mal, siente que necesita urgente su ginebra, su pieza, y sobre todo sentirse cerca de Rosalía y contarle su pena. Al ir llegando a la casa, la calle está desierta parece que todo el mundo se hubiera ido a la cancha, solo se escuchan los cantos y los gritos que llegan de la tribuna, de pronto un grito de gol como un trueno explota en el estadio y se desparrama por la barriada, un chico se acerca corriendo y pregunta ansioso: ¡ Don Miguel! ¿cómo va la Academia, Don Miguel? El viejo no contesta, el pibe sorprendido se aleja. Don Miguel sigue caminando como si no hubiera escuchado nada, llega a la casa en silencio y al detenerse frente a la puerta de su pieza, mientras escarba en los bolsillos buscando la llave grandota de la vieja cerradura, murmura: -¿Cómo va la Academia? A mí... a mí que carajo me importa como va La Academia.-
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