Diana
es una preciosa niña de 6 años, muy parecida a ti. Como
cada noche, cuando se acuesta de un salto, comienza a
llamar a mamá y a papá, reclamando su último beso del
día. Con solo tres gritos, ya los tenía allí, a los
pies de su cama, mamá está enfurruñada y le recuerda
que no hay que molestar a los vecinos pero papá, como
siempre, sonríe y le da un beso a su princesa. Papá
siempre la llama así y una vez más, se lo repite al
besarla: -Buenas
noches, princesita, que duermas bien. -Buenas
noches, Diana- le dice su mamá con su beso. Y
apagan la luz y cierran la puerta. Diana
se enrolla como un caracol bajo su edredón de color rosa
y cierra los ojos. Cuando está ya a punto de
dormirse, una voz le reclama. -¡Eh,
eh!, No te duermas tan pronto, que hoy tenemos que
trabajar. Es
una voz desconocida pero, más dulce que todos los
caramelos que se ha comido hoy y, sin ningún miedo abre
los ojos. Le
sonríe desde su lado una bella hada, con los cabellos
dorados, hasta casi tocar el suelo y vestida en tules del
mismo color azul que el cielo en las mañanas de
primavera. -¿Tenemos
qué trabajar?- pregunta Diana, sin sorprenderse lo más
mínimo. -Si,
por supuesto, ¿Acaso no miraste esta noche el cielo? Y el
hada toma a la niña de su mano y la acerca hasta la
ventana. -¿No
ves que no brilla ni una sola estrella en el cielo?. -Es
porque está nublado, a veces sucede. -¡No,
princesita Diana, no es así!, Pero bueno, ¿Quién te
explicó eso? Diana
no responde, solo se encoge de hombros y con una sonrisa,
el hada le explica que las noches en que no se ven las
estrellas es porque, como todas las otras cosas, se han
ensuciado de polvo y alguien debe preocuparse en ir a
limpiarlas y que, son los niños los que ayudan a las
hadas, a los duendes y a los ángeles en estas tareas. Diana está tan
impresionada, tan feliz que su sonrisa era igual de
grande que la tarde que montó en caballo. El
hada hace girar la varita alrededor de la niña y muchas
chispitas de luz iluminan su dormitorio, su ventana pero,
sobre todo a ella y antes de que sé de cuenta, se
despega del suelo y vuela con su pijama de ositos, de la
mano de un hada rumbo a las estrellas. Por
el camino se da cuenta de que no van solas sino que
hay muchos otros niños, con pijamas parecidos, de las
manos de otras hadas, haciendo el mismo viaje. Limpiar
una estrella es mucho más fácil de lo que parece, solo
que enseguida se ríen de las cosquillas que los niños
les hacen con sus plumeros, con sus escobas... Pero
luego, cuando se ven bonitas y brillantes de nuevo, les
regalan su mejor luz a los niños. En
solo unas horas, todas las estrellas del universo
adornaban de nuevo la noche que, ya no era tan oscura. Diana
se durmió muy feliz después de que el hada la arropara
de nuevo en su cama y le diera las gracias... ¡Estaba
tan cansada!, Había trabajado mucho. Cuando
por la mañana se levantó, después de tan solo tres
gritos de su madre que la llamaba para que bajara a
desayunar, aún le duraba la sonrisa igual a la tarde que
montó en caballo. Mamá estaba un poco atareada,
preparando la merienda y no se dio cuenta pero papá sí. -Princesita,
estás muy feliz esta mañana. Y
Diana, muy deprisa porque estaba un poco nerviosa, les
contó todo lo que había sucedido cuando la dejaron; y
les habló del hada, de que voló por encima de las
casas, de los otros niños, de las cosquillas que les hacían
a las estrellas... todo. -Eso
ha sido solo un sueño, Diana, todos soñamos- le dijo
mamá. Pero papá no dijo
nada. Se quedó callado y en su boca se formó una
sonrisa tan grande como si hubiese montado en caballo y
es que papá, si recordaba cuando de niño, un hada le
recogía las noches en que no brillaban las estrellas en
el cielo. FIN
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